Los afiches de plantas alucinógenas que se están tomando Bogotá

Los afiches de plantas alucinógenas que se están tomando Bogotá

Para su proyecto ‘Phantastica’, el artista bogotano Christian Daniel Abusaid está empapelando la ciudad con un catálogo de plantas psicotrópicas ancestrales.

En 1924, el toxicólogo alemán Louis Lewin publicó su libro Phantastica. Siguiendo la tradición de las taxonomías botánicas, elaboró la primera clasificación sistemática de las drogas según sus efectos. Un herbario psicotrópico. Un ejercicio que no se limitó a describir las alteraciones que las toxinas de cada sustancia producían sobre el cuerpo, sino que las localizó, una por una, en una cartografía histórica y cultural. Lewin agrupó las sustancias en cinco categorías cardinales:

Inebrantia — Embriagantes (como el trago o el éter)
Exitantia — Estimulantes (como las anfetaminas)
Euphorica — Euforizantes o narcóticos (como la heroína)
Hypnotica — Tranquilizantes (como la kava)

Y, rematando la lista, el conjunto clave para su estudio:

Phantastica — Alucinógenos o enteógenos (como el peyote o la ayahuasca).

A pesar de que las plantas precedían a sus denominaciones científicas, Lewin (como Linneo) creyó volver a inventarlas al darles otro nombre: uno que se ajustara a sus propios modos de conocer el mundo. ¿Cómo describir lo que hace una planta que excede los límites de lo que podemos conocer, decir y pensar? ¿Qué pasa cuando esas plantas salen de sus entornos rituales y se incrustan en las ciudades, cuando el usuario ya no es el chamán sino el peatón desprevenido? Con eso en la cabeza y desde el lunes festivo pasado, el artista y arquitecto Christian Daniel Abusaid ha estado trazando su Phantastica propia. Una que se tomó los muros de Bogotá.

A través de una serie de afiches —gruesas letras rojas sobre papeles de color de 70×100 cm— el artista bogotano armó 16 nombres científicos de plantas alucinógenas y los ha estado pegando por toda la ciudad. Desde la popular Salvia divinorum hasta el Echinopsis pachanoi o cactus de San Pedro, Abusaid se puso a tapizar muros de algunas de las zonas más concurridas de la capital como estrategia para enrarecer la mirada del peatón desprevenido. “Quería poner a la gente de la ciudad de cara con esas plantas. Hacerles saber que esas son sus drogas sagradas. Todas nuestras culturas antiguas lo conocieron y lo hicieron. Bien hechas, esas plantas resuelven muchas preguntas”, dice, mientras revisa una edición clásica de Las plantas de los dioses, el famoso estudio de Schultes y Hofmann. Durante más de diez años ha estado explorando la tipografía, el lettering y los diálogos entre arte y diseño. Hoy, con este proyecto, sus piezas salieron por primera vez a las calles.

“Escuche solo como suena decir en voz alta Brunfelsia grandiflora o Lophophora williamsii. Tiene un poder fonético tremendo, además de que le iluminan cosas a cierta gente que las conoce”. Foto por Pablo David Gutiérrez

“La idea es decirle a la gente que hay un mundo más allá, ponérselo de cara, invitar a que sean más curiosos. Sí, hay un mundo otro, inmaterial; ya sea el mundo de los sueños o de las plantas alucinógenas. Ese mundo donde uno está anclado pero que olvida porque en la ciudad todo el mundo tiene a sus hijos, tiene su ritmo, tiene su trabajo. Nos olvidamos de esa espiritualidad. La ayahuasca, por ejemplo, no es solo una mata: es una enredadera del alma”. Llevando las plantas sagradas —sus nombres— a la ciudad, Abusaid quiere revisitar su función en el circuito urbano. “Hay una conciencia colectiva, una unión universal entre los que están siendo parte del ritual de una planta de esas. Hay que recuperar eso en ciudades como la nuestra. Son matas que pueden ofrecer los beneficios más hijueputas que puede tener una persona. Esas drogas ancestrales, bien hechas, resuelven muchas preguntas, muchas preocupaciones”.

El germen del proyecto fue, además de sus propias inquietudes estéticas, una trayectoria psicodélica personal que incluye viajes con yopo, peyote, sampedro, salvia fumada y hongos psylocibe (los de la mierda de vaca). Pero, sobre todo, una experiencia en ayahuasca que vivió en Palomino, donde sintió los efectos profundos del rito: “Fui con unos propósitos y la plantica les dio la vuelta, fue una chimba. Hice dos tomitas la primera noche. La siguiente noche, cuando hice la tercera, me fui a la mierda. Me fui a la mierda es que salí de un cocuyo y me convertí en mariposa. Así, literal. Transformación y metamorfosis. Después de eso no me podía reconocer las manos, no podía caminar. Quedé como un bebé, un recién nacido”.

Foto por: Pablo David Gutiérrez

Con un trazo enraizado en el arte popular, en la tradición del afiche promocional urbano y de nombres como Antonio Caro, el artista montó este herbario callejero a punta de 28 planchas litográficas en las que imprimió todo el abecedario en papel periódico de cuatro colores diferentes. Empezó con esténciles pequeños que luego crecieron para hacerse visibles en esquinas, para ser detectados desde el Transmilenio. “Es papel que se va a caer, que no dura más de dos meses. De eso se trata el arte urbano: me parece una chimba ver cómo se ve cuando se va cayendo, cómo perece la imagen”. Así, su Phantastica se ha vuelto una colección de piezas pasajeras que, como las plantas que nombran, se van marchitando de a poquitos.

Como él mismo afirma, también hay un propósito diferente: reconocer y exaltar esta flora local psicotrópica. Según él, casi todas las plantas son de lugares no dominantes. “Solo tres son del ‘viejo mundo’: la amanita muscaria (el hongo rojo), la mandrágora, la salvia. Eso es Europa y Asia. También hay algo de la India, el soma, que es como la planta reina. Pero si empiezan a ver, el rey es México: todos los hongos y cactus son de allá. Y luego están Suramérica y los Andes, con las brunfelsias, los borracheros, la ayahuasca —que es la mamá de todas— y los demás aditivos o derivados de la ayahuasca”. Reconoce que le faltan matas por pegar y que está con ganas de seguir ampliando el catálogo.

Casi cien años después de Lewin y a modo de murales perecederos, aquí les dejamos la Phantastica de Abusaid. Un proyecto que nutre y diversifica las formas que ha tomado el arte urbano en los últimos años de una ciudad como Bogotá, alabada como uno de los referentes clave de la escena muralista y grafitera latinoamericana. Y esperen más psicodelia callejera estas semanas: la lista de plantas sagradas es larga y este artista no ha terminado.

BRUGMANSIA SANGUINEA

Carrera 6 con calle 27

Conocidas como Trompetas de Ángel. Alucinógenos milenarios. “Todas las partes de las plantas de este género son altamente tóxicas debido a su contenido en alcaloides tropánicos (escopolamina e hiosciamina, entre otros). Su ingestión, tanto en humanos como en otros animales, puede resultar fatal. El simple contacto con los ojos puede producir midriasis (dilatación de las pupilas) o anisocoria (desigualdad en el tamaño pupilar)”.

AMANITA MUSCARIA

Carrera 13 con calle 74

Es el hongo rojo enorme con puntitos blancos. Se le conoce también como matamoscas o falsa oronja. “En dosis muy altas, tiene un gran efecto neurotóxico, mientras que si está seca su potencial alucinógeno es mucho más alto. En grandes cantidades puede inducir al coma. Sus principales propiedades son enteógenas, por lo que se ha utilizado desde tiempos remotos como estimulante”.

SALVIA DIVINOURUM

Avenida Circunvalar con calle 32

Originaria de México, la salvia se ha hecho muy popular por estas tierras. Las hojas de Salvia divinorum tradicionalmente se han administrado en forma oral, en infusiones o masticándolas. Fumada, también. Ya habrán visto el inmenso catálogo de videos en YouTube con sus efectos.

ECHINOPSIS PACHANOI